sábado, 6 de diciembre de 2008

La partida de mús vasca

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JOSE MANUEL ARECES.
El reciente asesinato de Ignacio Uría ha mostrado a las claras y muy gráficamente hasta que punto un ser humano medianamente normal no puede hacer una vida en las provincias vascongadas.

No es una sociedad normal aquella en la que una persona por sus ideas debe salir a la calle escoltada por un guardaespaldas, tampoco lo es aquella sociedad en donde un grupo, supuestamente minoritario, se dedica como los indios, a impedir la llegada del ferrocarril, llegando hasta el punto de matar a sus constructores. El grado de embrutecimiento de dicha sociedad, cuando cierra los ojos ante la evidencia, hace de oídos sordos a la verdad, y da la espalda a su propia libertad, es una muestra de servilismo y sometimiento que raya la inhumanidad.

La actitud de la mayoría de los vascos ante el irrespirable entorno que les rodea, merece acciones drásticas para salvar, no ya sus vidas, sino sus almas, y en especial el futuro de sus hijos. Algunos medios y muchos políticos vernáculos se empecinan en mostrar una imagen de normalidad ante el mundo que es falsa e irreal. Como me decía ayer el psiquiatra Juan Matías Santos, tanto en Cataluña como en las vascongadas se vive dentro de una situación irreal. Imaginemos solo por un instante, una especie de burbuja, y en ella a cientos de miles de personas, viviendo todos bajo un pesado sistema cuyas garras alcanzan los informativos diarios, el cine, los comics, la educación, las literatura, la historia; absolutamente todos los aspectos de la vida diaria. Una sociedad en la que matones de barrio se pasean por las calles a sus anchas, y cuyos actos más se asemejan a los de la cosa nostra que aun partido político.

Vienen a mi memoria los años de acero y oscuridad del régimen nazi en Alemania. Millones de ciudadanos viviendo con los ojos cerrados ante un sistema donde la religión, la historia, la filosofía, incluso la geografía, eran moldeadas a su gusto, por unos reducidos grupos dirigentes iluminados con una ideología delirante. El poder de influjo sobre las masas ha sido caso de estudio universal, solo basta el poder absoluto y crear las condiciones ambientales necesarias para someter la voluntad de las personas sencillas, mediante el miedo, la mentira y la propaganda hasta doblegarles y convertirlos en autómatas programados. Este es el caso que se vive en las vascongadas. Un gobierno que lleva ejerciendo su poder absoluto desde hace tres décadas, en connivencia con otros micropartidos de su misma prole ideológica, hacen y deshacen al margen de las leyes estatales, y en virtud de una ley electoral trampeada ejercen una presión constante sobre el gobierno nacional para aumentar su poder, actuar al margen de la ley, subvierten la realidad y incluso sodomizan moralmente a dichos gobiernos nacionales, todo ello en virtud de un poder que les podría ser sustraído de inmediato con un solo acuerdo de los dos partidos nacionales mayoritarios, Es de locos ¿verdad?.

No les hablo de una novela de Orwell, ni del régimen nazi de la Alemania de los años treinta, les muestro la realidad del que se ha venido en llamar “el infierno Vasco”. La muestra más gráfica del embrutecimiento y sometimiento, cuasi bobino, de este pueblo se refleja en la cruel fotografía lanzada por las páginas del diario el mundo ayer viernes. En dicha fotografía podemos ver , a través de una ventana, como si fueran las paredes transparentes de la burbuja vasca, a los compañeros de mus de Ignacio Uría, autómatas y vacíos de toda condición humana, jugando su partida de mus como si nada hubiera pasado. Probablemente si sus ojos lograsen traspasar el cristal, y ver la acera regada con la sangre de su vecino asesinado, pudiera representar para ellos la nada, tal vez el recuerdo vago de un rostro, quizás es como el que ve una matanza en una película; nada se siente, solo es eso: cine. Es difícil de comprender, pero es una realidad patente, vivida a diario.

Urge, por el bien de España, desperezar de una vez, no ya a la sociedad vasca, sino a los políticos españoles, al aborregado pueblo español, y acudir en defensa de una patria enferma, algunos de cuyos miembros están cuasi paralizados, gangrenados, y dicha gangrena se extiende por amplios territorios. Estamos ante una enfermedad, y como todas precisan de tratamiento. Aquí no basta ya con hablar de sacar a ANV de los ayuntamientos, el cáncer es más profundo y está arraigado. Se precisa un tratamiento de choque brutal, que frene las ambiciones desmedidas y lunáticas transformadoras de la sociedad española, regida por los separatistas, y admitida desde 1979 por el común de los cobardes partidos nacionales. España es una familia desestructurada, una sociedad acomodada a la alucinación, y se precisa un procedimiento de limpieza y restauración de valores, una política de unidad nacional que nos saque de este limbo impuesto e impostado en el que vivimos desde hace décadas, porque de no actuarse ahora, que ya se palpan las consecuencias de tantos errores políticos, los resultados en tan solo diez años, a buen seguro que serán absolutamente desastrosos para la nación.

Urge hacer desaparecer las comunidades autónomas desde la perspectiva política que han generado los nacionalismos separatistas, se precisa desterrar a la ilegalidad todo rastro de partidos antiespañoles. Hemos de condenar al ostracismo más absoluto ideas corruptoras, asumir un estado fuerte, encarcelar a todo opositor a la realidad, condenar sin paliativos, y de facto, a todo elemento que haya contribuido a enfermar a las sociedades vasca, gallega y catalana. Me da igual que alguien me pueda tachar de extremista, pues si a la lectura de estas líneas, a la vista de la realidad cruenta y palpable, alguien está en la posición de aseverar, que no existe ningún problema, es que se trata de otro corruptor que se beneficia ilícitamente de la desgracia de una sociedad. Hemos de hacer entrar al estado con todos sus poderes de excepción en estos territorios, y limpiar completamente todo rastro y miembro destacado de estas bandas genocidas, apátridas, e iluminadas que gobiernan el destino de cientos de miles de personas encarceladas en un cruel sistema, que cercena completamente los atributos que caracterizan a los seres humanos, convirtiéndoles en una comunidad de esclavos sin remedio, ni libertad, ni un futuro personal digno. Hay que acabar con esta dictadura del terror, y hemos de hacerlo con los mismos medios que emplea.

No basta ya con los estériles brindis al sol de políticos cobardes y peleles sobre unidad de los demócratas, luchas comunes inexistentes y fuentes con chorrito. La democracia está enferma, en peligro serio, y el riesgo de conflicto es inminente. Un estado responsable ha de actuar cuando tan solo uno de sus miembros y sus derechos individuales están en peligro, esta es una máxima que en conciencia jamás se debe dejar de lado, en este caso el estado es culpable del abandono a su suerte de cientos de miles de ciudadanos en pro de un experimento criminal, cuyas consecuencias son más que evidentes. Ninguna de las democracias a las que pretendemos igualarnos permitiría desmanes de este color, y ante el peligro de desestabilización, siempre se cuenta con los medios para imponer la ley mediante el uso de la fuerza. Democracia es un concepto tan vapuleado en este país, que apenas si ya nadie sabe lo que significa, pero una cosa si está meridianamente clara, y es que la democracia ha de ganarse, defenderse, limpiarse, y mantenerla con el uso de la razón y las armas si fuere preciso. Atrás han de quedar los tiempos de los gobernantes blandos y permisivos, que en beneficio propio, comulgan con ruedas de molino con tal de mantener sus posaderas calientes y el bolsillo pleno de seguridad. Se impone la necesidad imperante de sacar del baúl del olvido principios universales, verdades inalienables, y acciones radicales.

El que niegue la realidad no hace más que postergar la crisis, la política de pacificación hace más agresivo al agresor, y el tiempo juega siempre a favor de aquel que posee un plan sistemático, y a largo plazo. Este ha sido el caso de los nacionalismos frente al estado español. España como nación precisa de un plan de rescate, de un destino comúnmente aceptado y perfectamente homologable a su entorno natural e inmediato, para asegurar su supervivencia en el contexto histórico.
Recordaré una vez más el poema de Martin Niemöller, un pastor alemán encarcelado de 1937 a 1945 por el gobierno de Hitler.

"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".


Aprendamos las lecciones inapreciables que nos ofrece la historia, defendamos lo que poseemos ahora que es tiempo, porque tal vez mañana estemos solos, es probable que ya nada, absolutamente nada, podamos hacer.

1 comentario:

Mike dijo...

No pasará nada. En unos días, Uría olvidado. Uno más a la lista de los olvidados.

Saludos.