viernes, 11 de marzo de 2011

Siete años sin conocer la verdad del 11 M

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JOSÉ MANUEL ARECES.- Editor Periódico Liberal, El Reformista

Siete años después del mayor y más cruento atentado de la historia de nuestro país, continuamos sin conocer a los autores materiales e intelectuales, no sabemos con seguridad cuales fueron los explosivos utilizados y un olor a podrido, a cloacas, rodea todo el caso.

El 11 de marzo de 2004 cientos de madrileños se encaminaban a sus puestos de trabajo, como cada día. El país se encontraba a apenas 3 días de unas elecciones generales, en las que todos los sondeos daban la mayoría al partido del gobierno, el PP. En cierto modo era un día normal, nos desayunábamos con las noticias de la bronca electoral, que llenaba todos los diarios, en los que un tal Rodríguez Zapatero, aspirante a dirigir nuestros destinos, no paraba de utilizar la guerra de Irak y el desastre del Prestige como argumento electoral, Ibarreche también amenazaba, en este caso con su famoso Plan, y en Cataluña se reclamaba un nuevo estatuto. La política del miedo trataba de movilizar a izquierdistas y nacionalistas en apoyo de un Zapatero que se mostraba muy proclive a las cesiones. Otra noticia que llenaba los diarios se refería a la dramática muerte de tres niños de etnia gitana, de seis y cuatro años, que se encontraban solos en su casa cuando se declaró un incendio en la localidad de Balaguer. En economía se hablaba de la candidatura de Rodrigo Rato a presidir el FMI, y en deportes Zidane clasificaba con un gol al Real Madrid para la Champions.

Era una mañana más, con las noticias habituales, hasta que todos los informativos radiados y televisados nos alertaban de una explosión en un tren de cercanías, eran cerca de las ocho de la mañana. De repente el aire se detuvo, el silencio de todos los que habitamos esta piel de toro se hizo un clamor, y solamente las voces de los periodistas llenaban de sonidos preñados de tragedia nuestros hogares. Tras ese instante, todo fue una sucesión de noticias más alarmante a cada minuto que transcurría, la cifra de muertos y heridos no paraba de crecer hasta convertirse ante nuestros ojos en una masacre sin precedentes. Primero se hablaba de un tren, luego podían ser varios, se creía que podía haber cientos de heridos y algunos muertos, una hora después se hablaba de caos en las estaciones de El Pozo, Atocha y Santa Eugenia. Las imágenes imborrables de aquella jornada eran dantescas. Pocos pudimos centrar esa jornada nuestros sentidos en el trabajo, cuando los sentimientos nos mantenían atentos a lo sucedido en esas estaciones. Muchos españoles teníamos familiares en tránsito en algún tren de cercanías, y en pocos minutos las llamadas colapsaban las centrales de telefonía móvil. Cientos de miles de llamadas en espera de una respuesta. ¿Estás bien?, ¿Ya has salido de casa?, ¿Has llegado al trabajo?, ¡Has oído algo?... ciento noventa y dos teléfonos no contestarían a esas llamadas de preocupación y ansia.

No recuerdo otra jornada similar, ni otro atentado, en mi avezada experiencia, como español en estas desafortunadas lides del terrorismo, en la que la información se trasladara tan vertiginosamente al público. El entonces Ministro del interior, Ángel Acebes, comparecía casi cada hora para aportar novedades a una nación pegada a televisores y aparatos de radio. La confusión en el gobierno era patente, y el sentimiento de consternación dibujaba las caras de los responsables de afrontar tamaña crisis. Las primeras noticias informaban de la posibilidad que la banda terrorista ETA pudiera estar detrás de los atentados. Las horas y los días postreros fueron testigo de un combate tenso entre gobierno y oposición sobre la autoría de los atentados. No puedo olvidar como, cuando apenas si los investigadores habían podido iniciar sus pesquisas, la cadena SER lanzaba la noticia de que los autores podían ser islamistas radicales, y acto seguido de manera casi cronometrada, el director Pedro Almodóvar alertaba de un posible golpe de estado o suspensión de la convocatoria electoral por parte del gobierno, y entonces Pérez Rubalcaba acusaba, sin un ápice de vergüenza ni responsabilidad institucional, de mentiroso al gobierno. Se trataba de trasladar en cuestión de horas a un público en estado de Shock, una imagen, que los atentados fueron culpa de un gobierno que nos llevó a la guerra de Irak. El vuelco electoral estaba en marcha, y una maquinaria propagandística demoledora lanzaba ataques coordinados y sucesivos contra la credibilidad del Partido Popular. Una manifestación “improvisada” mediante cadenas de sms se convocaba ante las sedes del Partido Popular, atrayendo a miles de militantes de izquierda, e instantáneamente saltaba a los televisores. Han pasado algunos años y aún sigo sin entender la impresionante capacidad de improvisación del PSOE. Con un gobierno mediáticamente noqueado, prácticamente KO, se derivó en un apoyo electoral inesperado días antes en la jornada del 14 de marzo a Zapatero. Demasiadas casualidades.

Tras la victoria electoral, extraños sucesos siguieron a la investigación de los atentados. Se localiza a un supuesto comando, al parecer responsable del atentado, en un piso de Leganés, sus componentes, que en el atentado no se inmolaron, si lo hacen en esta ocasión, supuestamente alertados de la aparición de la policía. Un extraño vaivén en la custodia de pruebas hace aparecer milagrosamente una mochila llena de explosivos y metralla que no explotó en los trenes, y que sirvió para encadenar toda la investigación y dirigirla a las montañas asturianas, a una mina y un grupo de delincuentes extrañamente relacionados con las fuerzas de seguridad. El jefe de los TEDAX, hace desaparecer casi todas las pruebas y manda destruir los trenes. Aparece un vehículo en las cercanías de Madrid donde se hallan de nuevo, milagrosamente, las trazas de ADN de los terroristas suicidados en Leganés y unas cintas en árabe. Paralelamente, una gran parte de la población indignada por el tufo a tongo de la investigación comienza a reclamar justicia, se forma el movimiento Peones Negros, encabezado por el periodista Luís del Pino, que comienza a recabar pruebas y analizar en paralelo la investigación. Todos los días 11 de cada mes, miles de ciudadanos llenábamos las plazas de las capitales del país reclamando la verdad.

En aquellos tiempos el Partido Popular reclamaba justicia y la verdad, siendo conscientes que existía una cadena de sucesos, extrañamente sospechosa, en beneficio de la victoria electoral del PSOE. Pero llegado el juicio, dónde se produjeron toda suerte de irregularidades, algunos mandatarios populares, encabezados por Ruíz Gallardón comenzaban a cambiar el rumbo de sus opiniones a favor del olvido del caso.
Han transcurrido siete años, y como siempre ocurre en estos casos, aparecen nuevas evidencias, las víctimas persisten con tesón en desvelar la verdad, y una jueza madrileña empieza a cercar a los responsables policiales de la época, entre ellos el jefe de los TEDAX, Sánchez Manzano, ante la destrucción de pruebas y la falta de seguimiento de los protocolos policiales en tales circunstancias. Probablemente en unos años más, pese a los ocultamientos, retrasos, amenazas y mentiras del Ministerio del interior, empiecen a desmarcarse algunos policías, temerosos por las consecuencias y comiencen a revelar más datos. Al final la verdad lucirá, y sabremos la explicación a una pregunta que en principio cuesta hacerse. ¿Qué motivo lleva a algunos policías, jueces y responsables políticos, a ocultar la verdad sobre un atentado, construyendo una historia medio verosímil pero plagada de chapuzas e inexactitudes?, ¿Cuál es el objeto de la conspiración?. Estoy seguro de una cosa, la verdad, cuando sea conocida, puede ser más espeluznante de lo que esperamos.

miércoles, 9 de marzo de 2011

La democracia secuestrada

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JOSÉ MANUEL ARECES DE ÁVILA.- Editor Periódico Liberal, El Reformista

Vivir bajo el dominio de un gobierno socialista es en sí mismo garantía de pobreza, corrupción, derroche y limitación permanente de las libertades, esto es así, pero lo que hace aún más dramática la situación para la nación en pleno, y aquí me atrevo a incluir incluso a las dóciles masas que sienten, padecen, pero no se rebelan, es la sensación general de fin de régimen. Con el radical y surrealista gobierno Zapatero han eclosionado todos los errores del pasado y los vicios adquiridos por nuestra joven semi-democracia en una sucesión amarga de conflictos que han aventado todo lo peor de nuestro sistema.

La insostenible e insufrible cadena de taifas, con sus duplicidades, diferencias catetas e injustas, y el extremo derroche que acompaña al ejercicio del aldeanismo en su versión más racista y alienante, como justificación para la construcción de mini-estados insolventes y sin futuro viable que no caben en un mundo moderno, es una de nuestras lacras. Aquí como siempre los culpables son los responsables políticos de dos generaciones, que por evitar problemas con supuestas sensibilidades decimonónicas han cedido casi hasta la maquinaria de la fabrica de moneda y timbre. Y no me duelen prendas, y no regateo espacio a la verdad; todos los partidos son cómplices de este sistema insostenible por costoso, injusto, y liberticida, que atenta contra la lógica de la unidad del mercado interior, el derecho común y la igualdad entre todos los ciudadanos. Digo que todos los partidos son responsables, porque cada cual en su medida, por la humana tendencia a la acumulación de poder para el ejercicio de la tan española política del clientelismo, han engordado su presupuesto y competencias en detrimento del estado y ahogando a los Ayuntamientos, únicas entidades básicas donde no ha llegado la auténtica descentralización administrativa por deseo expreso de los barones y reyezuelos provincianos.
Este fin de régimen es testigo asimismo del exceso de regulación y legislación salvajes, con el objetivo de constreñir al máximo la libertad de los ciudadanos soberanos y su capacidad de intervención en el desarrollo y prosperidad de la nación. Nuestro sistema se basa en una constitución que hace de los partidos políticos los únicos canales o vías de gestión de la soberanía nacional, en detrimento de la sociedad civil, a la que permanentemente se anestesia con el fin de mantenerla amodorrada en una permanente siesta, de la que lamentablemente pocos están dispuestos a despertar. Nuestro sistema está dominado por unos sindicatos supuestamente mayoritarios que deciden en gran medida sobre la economía de nuestra nación, una patronal donde solo tienen voz unos pocos caciques de las grandes empresas y que atienden a sus intereses particulares, los propietarios de medios de comunicación de masas que oscilan en su apoyos en función a la publicidad pública, y finalmente una banca que domina a todos, porque todos le deben dinero. Puede suponer en este momento el lector que este desglose de defectos de nuestro sistema puede estar escrito por un radical, pero muy lejos de ello, este humilde liberal pretende solamente hacer un diagnóstico de la realidad en el deseo precisamente de una democracia real y de unos derechos civiles que devuelvan al ciudadano su soberanía perdida en algún punto del camino. Personalmente no tengo ninguna fe en la alternancia de partidos, solo creo en la alternancia de soluciones y personas.Nuestro sistema no solo limita la alternancia de partidos, sino de personas porque no existe democracia interna en estas organizaciones. Esta realidad se justifica como decía Delibes, porque para el que no tiene nada, la política es una tentanción comprensible, porque es una manera de vivir con bastante facilidad.

El gobierno Zapatero, encabezando el fin del régimen ha puesto de manifiesto, como señalábamos, los peores defectos de nuestro sistema, y en su particular debacle, ha acometido una disparatada huída hacia adelante que pone de manifiesto el desgobierno completo y absoluto, la falta de criterio, y la evidente incapacidad y méritos de todos sus componentes.

Decía Groucho Marx, que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y después aplicar los remedios equivocados. En ese sentido podemos decir que Zapatero es un marxista de tomo y lomo, y podemos aseverar que sus consejos de ministros son precisamente, como el camarote de los hermanos Marx. Las últimas semanas son testigo de este espectáculo más propio de un sainete que del ejercicio serio de la política, precisamente en momentos tan graves y acuciantes como los que vivimos. Con un desprecio absoluto por la realidad social, los iluminados del camarote lanzan, día sí y día también, una serie de inconexas, y nada preparadas medidas con el fin de mantenerse en el machito y aguantar un día más, en tanto despistan al más sesudo. En Libia se produce una revolución que hace escasear algo el petróleo, e inmediatamente se lanza una medida contra los ciudadanos de supuesta economía en el consumo de petróleo, basada en la reducción de la velocidad circulatoria para vehículos, y con un considerable gasto en pegatinas de señales de tráfico. Como a las pocas horas los expertos advierten de la poca viabilidad en el ahorro de dicha medida, nada mejor como no dar un paso atrás, sino reafirmarse en el error, provocando un alud de propuestas alucinantes que van desde el cambio de bombillas en carreteras a todas las vías públicas, con lo que se involucra a unos Ayuntamientos, ya de por sí caninos, en un gasto imprevisto que nadie sabe quién o cómo va a financiarse. La política del regate, del aquí te pillo aquí te mato, de la improvisación de la que tiene el descaro de alardear el tal Zapatero, es la causa patética que conlleva efectos más que catastróficos para nuestras ya mermadas arcas. Llevamos viviendo al día, sin planificación de ninguna clase, nada menos que siete años, y aún nos queda uno más, y lo peor es que no nos los podemos permitir.

Añoramos y esperamos con ansia el regreso del juicio ponderado a la realidad política, el patriotismo que no el patrioterismo de estos años, y sobre todo esperamos reformas para los problemas reales de los ciudadanos, que son precisamente los que nunca se resuelven. La gran cuestión, es que no será viable un cambio en nuestros políticos, en tanto la sociedad no asuma sus deberes democráticos y tome partido, porque no olvidemos que nuestros políticos son en todo momento fiel reflejo de la sociedad. Este “Je acuse”, ha de empezar precisamente no por culpar solamente a Zapatero y a los barones, sino a la propia ciudadanía, que ha hecho dejación de sus deberes, que ha permitido mansamente tanto escándalo, y que en cierto modo se ha dejado corromper por un sistema clientelar que no beneficia jamás al crecimiento y el desarrollo de una nación. Todos, en mayor o menor medida, somos culpables por dejación. Se precisan patriotas de verdad, políticos (pocos), con talento y capacidades, una sociedad activa y con valores, y todo esto ha de hallarse en las fuentes de nuestra cultura común, no en la división, la envidia, el latrocinio, el racismo cateto y el partidismo marquista de los programas de papel mojado. El cambio de rumbo es responsabilidad de la nación en su totalidad, hasta que así sea, llegue quien llegue no seremos nada más que una masa de siervos a la espera de las raciones de trigo del emperador y sus expectaculos, Panem et circenses.