sábado, 16 de abril de 2011

Zapatero y Rajoy, los líderes que España no necesita

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JOSE MANUEL ARECES DE ÁVILA.- Editor Periódico Liberal

Hace algunos meses barruntábamos en estas páginas el fin de ciclo de Zapatero, pero también advertíamos la despedida que iba a ser tal como su mandato, en palabras de W.S. Churchill, con mucha sangre, sudor y lágrimas. Este profesional de la política, recién accedido al cargo, y no entramos en las circunstancias azarosas de su victoria, penetró cuan mamut en una tienda de vajillas, y no dejó un plato sano. Siempre he visto a Zapatero como a ese tipo simpático que te presentan y en torno al cual todo son desastres, pero siempre en piel ajena, vulgo un gafe. Gráficamente se asemeja mucho al personaje interpretado por Peter Sellers en el memorable, e hilarante film; “El Guateque”, donde un novel actor hindú propiciaba el caos allá por donde pasaba, siempre sin merma personal y tras él no quedaba más que ruina y desconsuelo. Desgraciadamente, ni la nación, ni el gobierno, ni tan siquiera la economía española, son una comedia del genial Blake Edwards, ni tampoco España es Hollywood, y desde luego no estamos preparados para tener a un émulo de un personaje de Sellers en el poder, las consecuencias son harto evidentes y muy desgraciadas.

Los efectos del destrozo normativo, constitucional, jurisdiccional y económico de los estatutos autonómicos han lastrado nuestro desarrollo. El reparto de prebendas a diestro y sindicato, han dejado la caja vacía. Sus reformas, por innecesarias, y carentes de demanda social, solo han traído división, cabreo, odio y mucha mala sangre. Poco me importa lo que quieran reseñar sus biógrafos pasado el tiempo, si es que son capaces de hacer un ejercicio laudatorio realista, pero para el que suscribe, Zapatero y toda la manada que le sigue en su afán, han representado una plaga de proporciones bíblicas, en el peor de los momentos para esta nación.

Confiemos en que quien tome el testigo en la presidencia, sepa aprender de la mala herencia que nos dejan, la realidad no va a dar demasiado juego para artificios irresponsables, y el presupuesto estará más flaco que un pobre niño somalí. España no puede admitir por más tiempo la tiranía de unos partidos y un sistema electoral donde priman las marcas y no permiten que el ciudadano de a pié elija, en libertad, al candidato que más le plazca.

Desgraciadamente tenemos frente a Zapatero a otro pusilánime de talla provincial, Mariano Rajoy, el que se autodenomina mandao, al que asistir al desfile de las fuerzas armadas le parece un coñazo, y lo mismo piensa de las manifestaciones de las víctimas del terrorismo. Un hombre con la insana costumbre de ir dejando los problemas en el cajón hasta que indefectiblemente siempre estallan en su narices, bueno, más bien en las de su partido. A Rajoy solo le gusta asistir a conferencias y mítines donde él sea la única figura del escenario y todo sea gloria y aplausos.

Mal está que Zp sea un vago redomado, pero al fin y al cabo representa a la España que no quiere trabajar, la del populoso "hoy no me quiero levantar", la de la movida cutre, los sindicalistas corruptos y egoistas, la España de los ERES y el PER, del relativismo moral, el pancísmo, la corrupción, el liberticidio, la España de la persecución religiosa y las películas de Almodovar, los atentados contra la vida y los anhelos vengativos por ganar una guerra que muy justamente se perdió hace mil años. Pero lo que no se entiende es que Rajoy tenga que venir a representarnos en momentos tan críticos, todo por un despiste dedocrático. No nos puede representar porque la masa sociológica, que forma el cuerpo de votantes del Partido Popular, es la España que madruga gustosa con el afán de una vida mejor, la España que crea empleo, la España que quiere redimir a sus tierras y sus gentes del fantasma del sueño socialista.

Rajoy, por mucho que le importe un pito, representa a muchas gentes de bien, que solo quieren trabajar, pagar menos impuestos, pensar libremente, no enfrentarse con el vecino, decidir la educación de sus hijos, no sufrir persecución por sus ideas, personas que entienden que ninguna ideología, por buena que parezca, merece el precio de una vida, gentes que no quieren ver sus vidas intervenidas por un estado devorador y opresor. La España a la que representa el partido de Rajoy, anhela un mundo mejor, un estado pequeño y eficaz, pero es consciente que todo ello conlleva un gran esfuerzo colectivo, y están dispuestos a aportar su granito de arena, pero en igualdad de esfuerzo con sus gobernantes.

La España que cree en sí misma como nación y está orgullosa de su historia, y quiere participar en forjar un futuro brillante, porque es posible, no merece el castigo de conocer una nueva derrota electoral o un aprobado raspado, porque el partido que la representa se ha convertido en una empresa preñada de vividores y atontados. Cuando la batalla ideológica es más necesaria que nunca frente al relativismo, como señalaba Esperanza Aguirre, para negar la superioridad moral al socialismo salvaje, nuestro líder intenta confundirse con el ruido de fondo, pasar desapercibido y dormir la siesta plácidamente en tanto el enemigo cae en picado. Craso error Mariasno, esa estrategia no vale, y no sirve por muchas razones; siendo la primera de ellas de cajón de madera de pino; la diosa fortuna es caprichosa, pero solo ayuda a los audaces, a los que trabajan con tesón y se esfuerzan hasta el límite. El partido socialista, si en algo vale, es como máquina electoral, y tiene una capacidad de recuperación y comunicación, infinitamente superior a la de los modositos dirigentes de Génova. Hechos como el 11M deberían servir para recordar a Marianico y su cuadrilla, que en cuestión de horas se puede producir un vuelco electoral, que el partido siempre se juega hasta el final, y que jamás debes dormirte en unos laureles soñados que no te has ganado previamente.

El electorado del Partido Popular, insisto, no se merece otra derrota, la nación española no se merece un Presidente que les mienta, pero tampoco uno cómodo, blando y cobarde, porque el destino de España y su posición en el mundo que hoy nos rodea, necesita de personas con agallas, principios firmes, combativas, formadas y sobre todo trabajadoras, que no rechacen el contacto directo con la calle y que sepan escuchar. Ninguna de estas virtudes tan necesarias adornan al plácido Mariano. Solo es posible una victoria rotunda del Partido Popular con personas como Esperanza Aguirre al frente, cuya experiencia de gobierno, valores ideológicos y carácter la validan claramente para enfrentarse a cualquier candidato que pueda poner el PSOE, o ante cualquier maniobra u estrategia que de estos venga.

Es evidente que Mariano no da la talla y es tiempo aún de enviarle al muy merecido olvido. Puede que en tiempos de bonanza económica el del Pontevedra hubiese sido un gestor gris con cierta fortuna, pero en momentos de crisis y emergencia nacional, se precisan líderes con casta y tronío. Nosotros, la nación, precisamos en estos momentos que nos toca vivir, de esperanzas, aliento, horizontes, patriotismo, oportunidades, visión de futuro, tesón y no la letárgica desesperanza del lánguido paseo otoñal que nos ofrece el plácido Mariano. Son tiempos para los audaces, para los que arriesgan y se esfuerzan, para valientes. Si queda algo de patriotismo en el seno de la directiva de los populares, es tiempo de sacudirse las caspa marianista y recuperar el pulso de la batalla, el amor por el combate ideológico, y la fe en líderes de raza. No precisamos de señores normales (como dice de sí Mariano), sino de personajes excepcionales, de aquellos que forjan destino, en tanto otros desojan margaritas y juegan a las damas en el jardin, al tiempo que la nación se derrumba. El reloj del destino descuenta los minutos desapasionadamente mientras España sigue en su deambular errante carente de norte, el timón abandonado a los vientos de una mar cruel y caprichosa, en espera de un piloto avezado y despierto que nos devuelva al curso que nos corresponde.