martes, 8 de abril de 2008

Se busca proyecto emocionante para el centro-derecha

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JOSE MANUEL ARECES

Los días pasados desde la derrota electoral del PP, pues no podemos llmarla de otra manera, han sido testigos de un torbellino de movimientos a favor y en contra de Mariano Rajoy.

El barullo ha ido in crescendo precisamente desde el preciso momento en que el actual presidente del partido se ha postulado a renovar el cargo en el próximo congreso nacional y ha ido desgranando su lista de cambios internos, como el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría. La nueva portavoz del grupo parlamentario ya ha salido a la palestra a darnos su receta: El PP es un partido de centro reformista y además ha de parecerlo, o sea, mensaje basado en imagen vacua pura y dura.

Tenemos por tanto a un Rajoy que no hace autocrítica y se reafirma en su mensaje de la normalidad al poder, a una Soraya que con un par de toques de rimel al mensaje piensa que todo esta bien ( ya demás se cree que va a convencer), en definitiva, la muestra clara y evidente que, o en la cúpula del partido los asesores no se enteran de lo que está pasando en la calle, o es que realmente se creen que el partido puede seguir así, aislado de las mejor militancia de España y de el clamor popular por una renovación de personas e ideas.

Yo me pregunto, ¿Qué es el centro?, porque partiendo de la base que las ideologías están tan muertas que apenas hay diferencia entre los actuales mensajes de PP y PSOE, pues ambos hablan de recetas y poco de grandes ideas, de su visión del futuro, ¿que es entonces el centro?. A los pueblos les mueven dos cosas, las ideas y los garbanzos.

Vivimos una época en la que el pasotismo político de los ciudadanos se justifica por la relativa riqueza económica y la ausencia de retos, de grandes proyectos que los estimulen, nos estamos convirtiendo en ciudadanos anodinos, sin ilusión, sin ambiciones y eso se debe a que no hay hambre, y me refiero no solo al hambre real, sino también al hambre por conquistar, por crecer, por pertenecer al algo más grande que nuestro ser individual, faltan grandes retos y metas colectivos. Un político al uso me diría que soy un iluminado, eso es porque no cree en nada, porque no piensa cada día al levantarse que esta haciendo algo por mejorar el mundo, porque no tiene fe, ya no cree en nada, pues bien, yo no necesito a ese político.

Frente a todo esto tenemos a una Esperanza Aguirre cantando las verdades del barquero, y diciendo claramente que para ganar las elecciones hay que ilusionar al personal, hay que ir de frente sin complejos y sobre todo se debe entrar al debate ideológico (no se si lo dirá de corazón o no, pero a mi eso me ilusiona).

Personalmente considero que el problema de muchos dirigentes del PP es que lo mismo valdrían para estar en el PSOE o en IU, pues precisamente su carencia es ideológica, solo son políticos profesionales que igual valen para un roto o un descosido, pero que no sienten los colores, que no creen en su gente, y lo que es peor que no están ilusionados más que por el cargo y sueldo que acompañan. Quieren hacerse los sordos pero ahí fuera hay 700.000 militantes hartos y cansados de supuestos líderes que compaginan la soldada de senador, concejal y hasta diputado provincial a un tiempo, y mire usted, ni tienen tanta capacidad de trabajo ni debe ser así, pues hay mucha gente valida a la que dar cabida. Y este es el problema que en el partido no cuenta la tropa, solo los mandos y estos se han profesionalizado y no dejan que nadie levante cabeza, porque no se trata de una cuestión ideológica sino laboral puramente.

Por tanto se hace necesaria una renovación, hacen falta líderes que ilusionen, que no tengan problemas en entrar al debate ideológico, que no sientan miedo en ser refrendados en unas primarias y que por supuesto no tengan arrobo en reconocer sus defectos y errores.

La vieja táctica para meter en vereda a la militancia de cerrar filas ante el enemigo está muy bien, pero solo tiene sentido cuando se esta dispuesto a perder lo mismo que la tropa, cuando se cree realmente en los principios comunes y por cuatro votos no se renuncia a ellos.

Hace bien poco una compañera de partido, ex diputada, a la que aprecio mucho en lo personal y por su valentía, me dejó helado cuando me dijo algo así como que no tengo ni idea de política por expresar libremente mis creencias o por apoyar libremente a un candidata X, en ese momento por amistad preferí callar ante su miedo a la cúpula (ha pasado tanto tiempo en ella que no recuerda lo que es la gente normal), no es culpa suya, pero precisamente lo que no entiende es que yo apuesto por una nueva política, una política en la que el medro no sea lo más importante, en la que no haya de dejar de expresar mis ideas por no molestar al jefazo de turno o a un votante que jamás me apoyará.

Aspiro a un partido donde todo el mundo tenga cabida y su opinión sea respetada y escuchada, donde los juegos de poder internos no sean el pan nuestro de cada día y donde por encima de todo la ideología sea un bien intocable frente a los supuestos beneficios de la imagen vacua. Y además me lo creo. Por ello soy muy consciente de lo que digo, yo también he leído a Sun Tzu, y a Maquiavelo, pero el cáncer que vivimos se debe precisamente a la falta de ilusión y honestidad. Estoy convencido que un líder honesto, que diga la verdad recogerá más votos que un mentiroso, y eso también es imagen, pero con contenido humano que es precisamente lo que más nos falta.

La ilusión no consiste en engañar, sino en fijar grandes objetivos que emocionen, que unan, que nos hagan sentirnos participes de un destino común y ese, el idioma de las emociones, es el único que mueve montañas y pueblos. Por favor no me llamen iluso, solo es que estoy ilusionado en mi creencia de que las cosas pueden mejorar.

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