miércoles, 2 de junio de 2010

Despierta España

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JOSÉ MANUEL ARECES DE ÁVILA. Editor El Reformista.-

Dicen que en momentos de crisis sale lo mejor que tenemos dentro, la historia nos muestra como en tiempos oscuros surge una persona que toma el timón y devuelve, bajo tormentas y marejadas, la nave de una nación a las aguas mansas.
Es evidente que España no ha tocado fondo aún, porque no consideramos que Zapatero, ni Rajoy, ni cualquiera de los mediocres que depositan sus reales en los escaños patrios, respondan a la imagen de esos líderes por destino que surgen en momentos trágicos, y lo sacrifican todo por el bien común. Zapatero ya ha demostrado que por el contrario es de los que nos sacrifican a todos por el bien particular. Mariano, por su parte, continúa cómodo en la oposición sin mojarse lo pies, y de todos es sabido, que si no te mojas no cruzas el Rubicón. No veo en ninguno de nuestros políticos a Churchill, un Foch, a Espartero, a Rodrigo Díaz de Vivar, a Garibaldi, Viriato, al Empecinado, a un John Adams. Bien sabemos que el oficio de líder está mal visto, especialmente en este país, pues todos terminan vilipendiados, olvidados por un tiempo, arruinados y malditos. Tras su gesta, a estos, el pueblo desagradecido, la saña y la envidia, siempre terminan devorando su corazón valiente.

España vive a la par la mayor crisis institucional, moral y económica desde la guerra civil; es la tormenta perfecta. Pero aún no han sonado las trompetas que anuncian la caída de los agrietados muros de la patria. Aún no hemos debido tocar fondo, al parecer se precisa que se inmolen más cientos de miles de empleados en las negras listas del paro, se necesitan más quiebras de empresas y familias, más referendo separatistas, nubes de fuego, huracanes y nonatos abandonados inertes en un contenedor de plástico, para que llegue el tiempo de renacer. Los dioses siempre reclaman sacrificios, gustan de jugar con los mortales para entretener su aburrida existencia, allá en el Olimpo.

Ayer, viendo el debate en el congreso, sobre la aprobación del decreto anti déficit, lo vi todo claro, cristalino, en tehcnicolor. Absolutamente todos los parlamentos resultaban de lo más previsibles, los rostros, los aplausos, los abucheos y hasta el ujier que hace las funciones de aguador dibujaban un paisaje aburrido, caduco, un eterno dejá vu que viene durando 30 largos años. Se veía a los representantes del pueblo como los extras de una película en rodaje, ahítos de ensayar la misma escena por centésima vez, con movimientos cansados y carentes de todo impulso vital, sin originalidad, mirando el reloj y esperando deseosos la hora del recreo.

Probablemente otro signo que muestra que los tiempos aún no han llegado a su momento más oscuro, es la propia postura del pueblo llano. Nadie dice esta boca es mía, no se alzan puños reclamando justicia, no se oyen voces entre el gentío en plazas y parques en demanda de pan y justicia, no vemos a las masas enfurecidas pedir libertad y honradez. La nación deriva por las calles y sus vidas son llevadas por la inercia, reposa sus cabezas en las piernas de próceres que calman sus cuitas a golpe de subsidio, peonada y pensión. Da en ocasiones la sensación, que sobre esta piel de toro ha caído de los cielos, cuan meteorito, una gigantesca dosis de valium que tiene al común convertido en zombies, anestesiados e inanes.

Probablemente este paisaje Orweliano sea una muestra clara de fin de los tiempos. Algunos no nos resignamos, preferimos vender caras nuestras vidas, entregar haciendas y esfuerzo, nos preguntamos a menudo, ¿cómo puede ser que la masa no vea al rey desnudo?, ¿estaré soñando?, ¿seré yo el raro?.

Como decimos, la resignación equivale a ceder ante el juego de los dioses, y los hombres estamos en el mundo para luchar, para levantarnos cuando caemos, para salir adelante. No podemos vivir en espera del maná, levantar la mano mendigando una ayudita al estado. Hemos de recuperar nuestro orgullo, verter nuestra mala sangre en el altar de la libertad, revelarnos contra la molicie y aspirar al parnaso de los héroes, renegar del establishment y echarnos al monte. Hurtarnos de la comodidad es el primer paso, sí comodidad, porque un ser humano puede acostumbrarse a vivir entre desperdicios, en la miseria, inmerso en la depresión y no moverse.

España precisa de horizontes, tareas colectivas, ilusión, metas inalcanzables, poesía, sacrificios pero por causas nobles. Las gentes que pululan por las calles precisan sueños de los bonitos, hurtarse de esta aburrida forma de democracia demodé, aspiraciones, enemigos externos y una ruta clara. El pueblo necesita que le sacudan, despertar, abrir los ojos y creer ciegamente. Contra la depresión, acción. El pueblo necesita héroes, y horizontes lejanos.

Probablemente esto sea tarea para un puñado de ciudadanos inmunes a los tranquilizantes que nos administra el sistema. Siempre es así, que un reducido grupo de vecinos despiertos alertan a los demás del fuego.

Pero como señalábamos antes, es probable que el momento aún no haya llegado, vemos a nuestro alrededor a muchos que dicen aquello, de “hay que hacer algo”, pero por su parte no mueven ni un dedo. Tal vez esto pueda sonar un tanto autoritario, pero es producto de muchos años de observación: la gente siempre necesita a alguien que les mueva, es triste, pero es la realidad, podemos observarlo en todas las instancias y ámbitos sociales. Hay capitanes y pasajeros, estos últimos son mayoría. Entretanto la nave nacional surca los mares del destino guiada por manos inexpertas, con un rumbo que nos mantiene dando vueltas y más vueltas sin un puerto de destino. Los gobernantes y aspirantes a tal españoles, envían más y más ciudadanos al laberinto, siendo sacrificados estos por el minotauro de una crisis múltiple, y no tenemos aún a la vista un Teseo que sepa dar un final a la tragedia.

Se precisan ciudadanos que madruguen, ciudadanos insomnes y preocupados que digan aquello de; Despierta España de este letargo maldito, despierta porque nos espera un futuro limpio, un hermoso puerto, pero el camino no estará exento de obstáculos. Despierta España.

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