miércoles, 3 de febrero de 2010

Enrique Pérez Ámez, In memoriam

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JOSE MANUEL ARECES.-
Me ha llegado de la mano de un amigo la dolorosa noticia del fallecimiento en Gijón de Enrique Pérez Ámez, al que los amigos llamábamos cariñosamente el Abuelo. Leones colosal nacido en Laguna Dalga, Enrique fue durante 20 años miembro del Opus Dei, Doctor en Teología por la Universidad de Navarra Canónigo Penitenciario en la Catedral Primada de España, profesor y prolífico periodista. Recientemente publico una obra autobiográfica titulada “Reflexiones a las orejas del burro Felisario”. Pero sobre todo Enrique era un leal amigo y maestro al tiempo, un hombre que sufrió numerosas vicisitudes a lo largo de su vida, pero que jamás dejó de lado el sentido del humor, la bonhomía y un tremendo corazón que al final fue su mayor enemigo.

Enrique como buen maestro tenía siempre un consejo y una palabra cálida para el amigo y el extraño, Enrique era un filósofo a pié de obra que no soslayaba el buen debate, y que jamás abandonaba esa socarronería tan propia y que tantas risas suscitaba en su entorno. Tuviera un duro en el bolsillo o un millón, siempre estaba presto a dar apoyo al amigo, y celebrar una comida en su compañía era casi tan delicioso como leer sus artículos. Hombre de profunda formación sabía mostrar como sencilla la teoría más compleja y hacer divertido a un ladrillo, y si algo resulta inolvidable era su fertil imaginación.

Los últimos años de su vida fueron una demostración palpable del ánimo inasequible a las contrariedades y los baches, un testimonio de felicidad y dicha vital, un ejemplo de alegría y honestidad para todos los que le queríamos, estuviéramos o no de acuerdo con él. A Enrique era muy difícil no quererle, porque era todo un derroche de humanidad.

Seguramente hoy desde allá arriba esté riendo a media voz, revolucionando a ángeles y querubines y gastando bromas a toda alma cándida. Él era así. Fortaleza de espíritu, amor generoso por el prójimo, alma delicada, corazón débil, maestro y quijote valeroso que no se arredraba ante gigantes de largos brazos. El mundo sin el se vuelve más inexplicable, triste e incompleto.

Descansa en paz Abuelo.

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