jueves, 1 de enero de 2009

De nuevo tierra santa

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JOSE MANUEL ARECES
El eterno conflicto palestino-israelí parece no tener fin. La enésima tregua impuesta desde instancias internacionales ha vuelto a fracasar, como no era menos de esperar. Hamás ha regresado a una política de terror y hostigamiento de la población de Israel, mediante el bombardeo permanente del territorio judío, estos por su parte, han iniciado una campaña más de autoprotección mediante el uso de la fuerza militar. Los primeros no precisan de mucha tecnología para el lanzamiento de cohetes, y los segundos utilizan su avanzado armamento para intentar producir los menores daños colaterales posibles. En cualquier caso cuando se hace uso de la fuerza, los riesgos son inevitables, y los daños entre la población civil consecuencias evidentes. La franja de Gaza, el territorio más hostil de los dos gobernados por palestinos, es un estrecho pasillo con poblaciones masificadas. Los terroristas de Hamás lanzan sus ataques desde calles y avenidas, se esconden entre la población, utilizan edificaciones residenciales como baluartes, y a una población pobre y radicalizada como escudos humanos.

Los responsables de las IDF no comprenden que Hamás les lleva a la guerra urbana, porque en esta las bajas civiles son inevitables, y estas bajas representan la necesaria imagen que se pretende llevar a un mundo horrorizado por tales escenas de muerte y destrucción. El triunfo en la guerra se basa en las acciones de campo y en el triunfo de la propaganda. Cada baja civil, cada niño fallecido, es un mártir de la causa a exhibir por el aparato propagandístico de los palestinos pro iraníes. Por otro lado, en Israel no se entiende que un ataque recibido no conlleve como respuesta el ojo por ojo. Israel hace décadas que perdió la guerra de la propaganda, e intenta sobrevivir, como un estado democrático, en medio de una jauría de enemigos que no tienen problema alguno en dejar la sangre de sus ciudadanos con tal de lanzar al mar al enemigo judío. Lo que resulta harto evidente, en cualquier caso, es que en una guerra urbana de baja intensidad, la actuación de un ejército regular es lo mismo que meter un elefante en una cacharrería.

El problema tiene muy difícil solución, no olvidemos que el conflicto es la esencia de nuestra historia, y en este caso el odio entre generaciones y generaciones de habitantes, de tan escaso territorio, no tiene fin. Prácticamente cada ciudadano tiene uno o varios muertos en su particular haber de esta guerra, que se inició prácticamente en la cuarta década del siglo XX. El sentimiento de venganza, la demanda de sangre, son un clamor popular en ambos bandos, pocos son los ciudadanos que puedan sustraerse a tal sentimiento, el pacifismo en ambos países es una muestra de exotismo socialmente denostado. Cientos de resoluciones, negociadores internacionales e incluso unidades de interposición han pasado por este conflicto sin ningún resultado alguno, a los ojos de cualquier observador la paz en tierra santa parece una utopía inalcanzable.

Como en el caso de los Balcanes, parece evidente que todos los pueblos tienen razones históricas, sus demandas, y una extensa lista de derechos. Particularmente pienso que llegados a un punto de no retorno de radicalización, que abarca a toda la población, el conflicto solo puede dirimirse con una victoria clara por parte de uno de los contendientes. Esta es una guerra inconclusa, permanentemente pausada por los organismos internacionales, pero nunca satisfecha. Cientos de veces hemos visto detener el conflicto pero nunca se han propuesto soluciones que satisfagan a ambos bandos, lo cual supone una tregua más en medio del conflicto, pero nada más.

Las soluciones son harto difíciles, pero me temo que son pocas, en principio la más brutal sería dejar que la guerra acabe con un bando vencedor, otra es imponer un gobierno internacional a ambos países, solución que ninguno de ellos aceptará salvo sea por la fuerza, lo cual llevaría a una invasión y a otra guerra inevitablemente. En cualquier caso, lo que sí es cierto, es que el reparto de territorios y la convivencia se ha demostrado imposibles a la luz de la experiencia, ambos bandos desean y reclaman una victoria total sobre el contrario, y cualquier cosa menos resultará insuficiente. Por tanto o la ONU invade Israel y Palestina a la limón, vence en una guerra en la que la cifra de muertos puede ser inasumible, y desarma a ambos bandos, imponiendo un gobierno foráneo de ocupación o se les ha de permitir acabar su guerra. Las consecuencias en cualquiera de ambos escenarios son imprevisibles, y los costes imposibles de asumir salvo, tal vez, para el bando musulmán de carácter menos democrático y humanitarito que el occidental.

En cualquier caso temo que ante la evidente insuficiencia de arrojo y valor de los políticos internacionales veamos durante más décadas las mismas escenas de sufrimiento, horror y desgracia, a la que estamos acostumbrados. En casos excepcionales se requieren medidas de excepción, ante la fuerza la paz no es una solución posible ni viable. Las peroratas y discursos encendidos de la ONU no rebasan la bahía del río Hudson, y sus medidas de pacificación, por débiles y timoratas, son a todas luces insuficientes. En mi opinión, a los auténticos responsables de la prolongación, sine die, de este chorreo permanente de muertos, hemos que buscarlos en la sede de naciones unidas. El frentismo internacional, la incapacidad de ponerse de acuerdo en cuanto a quién es el bueno de esta película, los intereses nacionales, el choque de civilizaciones y el deseo de protagonismo de políticos y diplomáticos, son haces de leña que solo sirven para alimentar este conflicto y mantener la caldera en permanente funcionamiento.

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