JOSE MANUEL ARECES.-
Si a ustedes les contase, que a un muchacho, recién licenciado de la carrera, y que apenas lleva ocho meses en su primer puesto de trabajo, le ha concedido el gobierno la medalla al merito del trabajo, ¿se sorprenderían?. Tal es la sensación que he percibido, lo digo con sumo escándalo y estupor, al desayunarme con la noticia que informa de la concesión del premio Nobel de la paz a Barak Obama. Sinceramente no se a cuánto está el kilo de premio Nobel este año, pero comienzo a pensar que su concesión es tan política e interesada como los premios Príncipe de Asturias.
Me cuesta creer, que a un tipo que lleva, apenas ocho meses en el cargo de Presidente de los Estados Unidos de América, se le conceda un galardón que para la mayoría de los beneficiarios ha supuesto una larga carrera de esfuerzos en pro de la humanidad. Insisto el kilo de mérito está muy barato. Creo muy sinceramente que hay numerosas personas en este mundo que se han batido el cobre, la hacienda, y aún la vida, por la paz, frente a un señor que pueda resultar muy popular, pero que lo único que ha hecho en el cargo es expresar hermosas palabras y felices deseos. No sé si a Obama se le concede el galardón por ser el primer presidente negro (o afroamericano, como ustedes gusten). Puede que este sea el famoso acontecimiento planetario al que se refería esa virtuosa lectora de posos de café y arcanos del tarot político que es Leire Pajín. Tal vez veamos atónitos cómo se concede el máximo galardón de los premios Príncipe de Asturias a Zapatero patatero, por su encomiable iniciativa de fundar la Alianza de Civilizaciones. Visto lo de Obama, considero que cualquier cosa es posible.
En esta época de triunfo del buenismo, del relativismo y de la filosofía de la estética, solo están de moda los adalides de la paz, los poetas de feria y aquellos que niegan la cruda realidad de un mundo en guerra permanente. Parece que frente a la tensión de civilizaciones, culturas, continentes y aún filosofías vitales, desde occidente se premia imponer las palabras frente a las balas, la verborrea frente a los misiles, la pose y los gestos frente a las amenazas a la libertad. Sin embargo, lo hechos, la historia y las malas intenciones son todos muy tozudos. Nos encontramos en un mundo envuelto en las mismas tensiones que desde que tenemos conocimiento histórico, marcan el pulso vital de numerosos dirigentes. Los países pobres se pueblan de mandatarios y tiranos ávidos de poder, riqueza y sangre, y que, con el fin de engañar a sus hambrientos pueblos, lanzan venablos amenazantes a occidente. Mientras los adalides de la paz, claman en tribunas, los que se creen más fuertes y mejores, afilan sus sables, y se preparan para lanzarse sobre los que muestran el flanco más débil de la democracia. La paz es una hermosa palabra, como lo es el concepto de libertad, pero ambos, para ganarlos y disfrutarlos precisan de actitudes firmes, esfuerzo, y guardianes en las murallas. Si vis pacem para bellum, decían los clásicos, si quieres paz, prepárate para la guerra. No hay otra manera de forjar la libertad, y mientras los Zapateros y Obamas de turno, nos debilitan, niegan la realidad y triunfan en juegos florales, el escudo de la democracia se debilita con la herrumbre de las buenas intenciones.